| Apareces repentinamente una tarde cualquiera con tu sangre y tus huesos. Apareces al inicio del día, en los albores de la tarde; en la noche cálida del trópico, al mediodía de mi edad. Repentinamente. Como sombra crepuscular vas apoderándote de mi cuerpo, saturas mis poros con tu hedor de animal acorralado; llenas los dìas con tu alegrìa espontánea. Te vas adosando a mi figura, plegando a mis vértebras, cubriendo la píel con el mosto del último invierno. Te confundes entonces, me desconciertas ahora. No eres yo y sin embargo es la misma persona la que intercede por ambos, trasvasados en el tiempo, únicos. ¿ Acaso un espejismo o el complemento imperfecto que a la sombra de la amistad se confunde con el amor? |
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