Un minúsculo e inválido alegato contra ese nicho común que significa el adiós.
Todo un continente lleno de
palabras y solo puedo balbucear el adiós con la diatriba emocional del que
ronda en mil angustias para estallar en el sollozo. Un adiós de ruptura, sólido
como navaja de acero y sin embargo cálido como la mejor piel. Un adiós atiborrado
de recuerdos, de cosas compartidas, de amores fortuitos y pequeñas rutinas que
nos hacen únicos. Un punto de inflexión para voltear la página y pretender
escapar de nuestros propios fantasmas. Un adiós connotado y pusilánime, que no
llega al grito total; temeroso de romper los hilos y dejar de ser centrifugados
por las experiencias ajenas para caer en el dogma y la rutina. Adiós para
asesinar el hartazgo y el bostezo, para sustraernos hasta la abstracción y
olvidar estas raíces que nos aquietan pero que nos hace tan humanos. No ser
nada, solo algo translúcido y lejano a toda causalidad, un cúmulo de moléculas
y tendones dispuestos al azar en millones de galaxias, código indescifrable
para los lectores del tarot y otros imbéciles.
Todo un continente de
enciclopedias y tratados, de metáforas para pulimentar la realidad y solo puedo
pensar en este adiós categórico, seco como el Sahara, que pone punto final a
todo este legado que nos ata a lo pasado y nos impide saltar la barrera. Adiós
para no volver; para fluir revitalizados al final de la jornada y de nuevo
llenar el saco con otros vinos, para no ser monotemáticos y repetibles, para
romper hasta el desahucio. Un adiós concatenado, lleno con un poquito de odio
que nos impide volver atrás para estar de nuevo a la deriva, suspendidos entre
los recuerdos y el presagio

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